” Una mujer empoderada es una mujer que no tiene que pedir perdón ni permiso por ejercer su vocación de lideresa, por ser ambiciosa o por atreverse a perseguir sus sueños “

Virgina García Beaudoux es Argentina, Dra. en Psicología, Especialista en Comunicación y Liderazgo, en particular con perspectiva de género. Ha realizado más de 60 consultorías en 17 países de América y Europa, para PNUD, ONU Mujeres, OEA, IDEA Internacional, AECID, USAID, NIMD, NDI y otros organismos internacionales y multilaterales. Ha trabajado con mujeres que ocupan posiciones de liderazgo, que han alcanzado altos perfiles públicos o se encuentran en pleno desarrollo de sus carreras. Trabaja en el fortalecimiento de habilidades de comunicación y liderazgo tanto con hombres como con mujeres. Esa experiencia la ha llevado en los últimos años a estudiar y desarrollar en especial herramientas que hacen foco en las necesidades diferenciales que enfrentan las mujeres que desean liderar

Virginia García Beaudoux, habló con nosotros y esto nos contó:

Maria Fernanda Plazas Bravo: ¿Cómo has logrado consolidar tu trabajo en el liderazgo de las mujeres? ¿Qué te motiva a hacerlo?

Virginia García Beaudoux: Cuando empecé a trabajar en consultoría tenía poca experiencia en el trabajo con mujeres, porque las personas que contrataban nuestros servicios eran casi todos hombres. Hace aproximadamente una década comenzaron a llegar las mujeres, solicitando apoyo y asesoramiento para la construcción y posicionamiento de sus liderazgos, para el desarrollo de sus carreras. Al principio, me equivoqué bastante porque pensé que las mismas buenas prácticas y fórmulas que nos habían dado buen resultado con los varones, iban a ser efectivas también con las mujeres. Pero la realidad es que, trabajando codo a codo con las mujeres, me di cuenta de que ellas enfrentaban obstáculos y desafíos de una índole completamente diferente a las que enfrentan los varones. Encontrar herramientas para hacer frente a esos desafíos y empoderar a las mujeres, se volvió mi pasión. A estas alturas he tenido la fortuna de trabajar con más de 3500 mujeres, a lo largo y a lo ancho de toda América Latina, Estados Unidos y otros países del mundo. No importa el sitio donde sea, no importa el país en el que sea, no importa si son mujeres jóvenes o mayores, mujeres de mayorías o de minorías étnicas, mujeres que están aspirando a un cargo o que ya están en ejercicio y ocupando cargos o posiciones de liderazgo, todas ellas hablan de obstáculos que se repiten. Soy mujer, y por supuesto que sabía que la desigualdad existe y que, como todas las mujeres en algún punto de mi vida, la padecí en carne propia. Pero no fue hasta trabajar con ellas que entendí la real y enorme dimensión de la desigualdad, de las brechas que existen para hombres y mujeres a la hora de acceder y ejercer posiciones de liderazgo.

Me motivó particularmente a trabajar con las mujeres entender que sus desafíos son enormes. Soy una persona muy apasionada, pongo todo lo que tengo en lo que hago, pongo el 200%, el 300%, pongo toda mi cabeza y todo mi corazón. El trabajo con las mujeres dejó de ser un trabajo, y se convirtió en una misión que realizo con toda la pasión y guiada por la visión de que en algún momento no muy lejano, ninguna mujer tenga que pedir perdón o permiso por querer ocupar una posición de liderazgo o un espacio de toma de decisión.

M.F.P.B: ¿Qué se pierde la política cuando deja fuera las mujeres?

V.G.B: Se pierde el 50% de los potenciales talentos que tenemos como humanidad para solucionar los gravísimos problemas que enfrentamos como sociedad y que tiene el mundo. Y creo que ese es un lujo que no nos podemos dar.

 M.F.P.B: ¿Cuáles son los desafíos que enfrentan las mujeres en los roles de liderazgo político y organizacional?

V.G.B: Cuando pensamos en el liderazgo, automáticamente pensamos en varón y existe lo que en psicología llamamos una “prescripción de rol”, que significa que justamente por los estereotipos y por cómo hemos sido socializados, pensamos que el liderazgo es un rol normal o natural para los varones, y que en cambio no lo es para las mujeres. Por lo tanto, cuando una mujer lidera o se atreve a intentar posicionarse en una posición de liderazgo, a ocupar una posición de liderazgo, lo que sucede es que está desafiando esa prescripción de rol, ese arquetipo cultural de lo que corresponde y no corresponde a las mujeres. El mundo público, corporativo y político se concibe como un mundo natural para los hombres y en cambio, se concibe que las mujeres somos del mundo privado y del mundo de lo doméstico. Somos huéspedes o invitadas o excepciones en el mundo público, político y corporativo. Por lo tanto, cuando queremos ejercer posiciones de liderazgo, nos vemos mucho más en jaque, porque estamos desafiando la prescripción de rol y eso genera incomodidad, extrañeza, molestia, y se nos van a pedir muchas más pruebas de aptitud, de idoneidad que las que se le piden a un varón para ocupar esas mismas posiciones de liderazgo.

M.F.P.B: ¿Por qué es tan limitado el apoyo en Política entre las Mujeres?

V.G.B: Yo no creo que el apoyo en la política entre las mujeres sea limitado. Creo que hay un mito con relación a esto. Las mujeres se apoyan, las mujeres son sororas, construyen redes, lo vemos todo el tiempo. Hay un mito poderoso y muy funcional al patriarcado, que pretende instalar la creencia de que las mujeres somos competitivas y no nos apoyamos entre nosotras, el mito de que “la mujer es el peor enemigo de la mujer”. Ser competitivo o ser cooperativo no es un rasgo que tenga que ver con el género, es un rasgo que tiene que ver con cualquier ser humano con independencia de su género, Lo que sucede es que la competitividad es algo que se ve como normal, y algo que hasta se valora o se premia en los varones, y que en cambio se ve con malos ojos o se penaliza en las mujeres. Las mujeres somos diversas, hay mujeres competitivas, hay mujeres cooperativas, hay mujeres que son grandes ejemplos de trabajo en red. Tampoco creo que cuando las mujeres compiten entre sí sea un pecado. Los hombres compiten todo el tiempo y nadie dice que “el varón es el peor enemigo del varón”. La política es un espacio competitivo, pero eso no significa que no haya cada vez más mujeres construyendo redes, apoyos, dando impulso las unas a las otras y, sobre todo, frente a la violencia política en razón de género, hay cada vez más unidad para mostrar la tolerancia.

M.F.P.B: ¿Cuáles son las limitaciones y enemigos internos que has podido identificar que obstaculizan el pleno desarrollo de liderazgo de las mujeres? ¿Cuáles son tus recomendaciones para superarlos?

V.G.B: Hay ciertas regularidades a las que denomino “enemigos internos”, que se manifiestan cuando las mujeres internalizamos los estereotipos y mandatos que dominan en los procesos de socialización y en las culturas de las organizaciones.  Cuando las mujeres internalizamos los sesgos y estereotipos que nos rodean y que todos los días reafirman la creencia de que los hombres son mejores líderes que las mujeres, eso tiene consecuencias psicológicas y comportamentales. El problema para los liderazgos de las mujeres NO son las mujeres, son los procesos culturales y de socialización. A pesar de que las normas y políticas formales están cambiando, continúan existiendo prácticas y prejuicios que impiden a las mujeres desarrollar sus liderazgos en la misma medida que los hombres.

He podido identificar seis síndromes, que son la consecuencia de la internalización de todo ello. Justamente ahora estoy escribiendo un libro acerca de estos seis síndromes que pude identificar y tipificar, que se suman al ya conocido síndrome de la impostara. Uno de los síndromes se relaciona con la dificultad que tenemos las mujeres para ponerle valor o precio a nuestro trabajo, o aceptar hacerlo por menos de lo que vale, o esperando poco a cambio. Un segundo síndrome tiene que ver con la tendencia que tenemos las mujeres a ocupar la segunda posición, cuando podríamos estar ocupando la primera. Es producto del temor a las consecuencias que creemos que eso traería en nuestras parejas y familias, o para la armonía en nuestros grupos de trabajo. Un tercer síndrome es que durante las reuniones nos ubicamos en el rol de quien toma nota, en vez de, en el lugar de quien participa activamente hablando. Muchas veces nos asignan ese rol, nos piden explícitamente que seamos la persona que haga el memo o el briefing. No tiene nada de malo hacerlo de vez en cuando, pero ser siempre la persona que hace eso es perjudicial porque quien escribe habla menos. Y cuando no hablamos, estamos perdiendo la posibilidad de ser visibles, de que escuchen nuestras ideas, de que escuchan nuestras propuestas y de ser percibidas como personas que participamos activamente. Un cuarto síndrome que pude tipificar e identificar es la tendencia que tienen muchísimas mujeres a ser quienes planifican, diseñan la estrategia, arman un proyecto y luego, a la hora de presentarlo, delegarlo, dejar que otra persona se lleve el crédito, dejar que lo presente un compañero de partido o un compañero de trabajo y ellas quedar en un lugar de bajo perfil. Un quinto síndrome que pude identificar se relaciona con el miedo de comunicar nuestros logros por el temor a ser juzgadas como personas ambiciosas, lo que en los hombres se percibe como una característica positiva y en cambio en las mujeres como una negativa. El sexto síndrome, es el temor a aceptar desafíos y altas posiciones de liderazgo o puestos de toma de decisión, por sentir que no estamos preparadas, que todavía nos falta, que todavía tenemos que capacitarnos, cuando en realidad la mayoría de las personas que ocupan esos espacios han ido aprendiendo a resolver los desafíos durante el ejercicio del cargo. Es importante que cuando nos ofrezcan un lugar lo aceptemos, entender que se puede aprender en el camino, que nos podemos rodear de buenos equipos, contar con la experiencia de alguien que nos guíe. Asimismo, tenemos que soplar nuestra propia corneta o tocar nuestro propio tambor para promocionar nuestros logros, Porque si nosotras no lo hacemos, nadie lo hará, y vamos a trabajar muchísimo, pero no se va a dar a conocer nuestro trabajo. También debemos ayudar a promocionar los logros de otras mujeres, para que en la sociedad, en la opinión pública y en la ciudadanía empiece a cambiar la percepción que se tiene de las mujeres en las posiciones de liderazgo, porque la realidad es que aún hoy en 2020, el último reporte de Perspectivas de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, muestra que la mitad de la población de 75 países del mundo sigue opinando que son mejores líderes los hombres que las mujeres. Si queremos cambiar esa percepción del liderazgo, tenemos también que potenciar y visibilizar las cosas maravillosas que están haciendo todas las mujeres.

M.F.P.B:¿Por qué es tan importante la Ley de Paridad?

V.G.B: Las mujeres somos la mitad de la población, lo lógico -y hasta de sentido común- es que seamos también la mitad de la representación. Pero no solamente en las listas electorales para el Poder Legislativo, no solamente en el Congreso y en los cargos legislativos, sino en todo. Debería existir paridad en todo, en el Poder Ejecutivo, en el Poder Legislativo y en el Poder Judicial. Abrir la representación es abrir las puertas a la inclusión de la diversidad y a la posibilidad de transformar nuestras sociedades. Cuando abrimos la puerta a las mujeres, abrimos la puerta a la inclusión de la diversidad. Estamos enriqueciendo los procesos de toma de decisión con nuevas perspectivas, con nuevas miradas, con nuevos aportes, con nuevas soluciones que no van a ser solo beneficio de las mujeres, sino de todo el conjunto de la sociedad.

M.F.P.B: ¿Cómo posicionar el Liderazgo Político de Mujeres Jóvenes? 

V.G.B: Las mujeres políticas jóvenes enfrentan un doble desafío, por ser mujeres y por ser jóvenes. Es decir, hay una doble discriminación implícita en eso. Creo que también tienen una oportunidad, que es mostrar que como mujeres jóvenes que son, pueden traer una nueva mirada a la política, una forma distinta de hacer política y una renovación de la política tradicional, con la cual en América Latina la ciudadanía muchas veces manifiesta un alto grado de cansancio. Entonces, creo que herramientas como la paridad van a dar impulso a que más mujeres no solo mujeres mayores, sino también mujeres jóvenes, tengan más protagonismo en la política. Creo que, si las mujeres jóvenes representan una agenda de cambio, van a tener aún más oportunidades de poder participar en la política y en la representación.

M.F.P.B: ¿Qué significa para ti una mujer empoderada?

V.G.B: Para mí, una mujer empoderada es una mujer que no tiene que pedir perdón ni permiso por ejercer su vocación de lideresa, por ser ambiciosa o por atreverse a perseguir sus sueños.

Por Maria Fernanda Plazas Bravo

Consultora en Marketing Político - Comunicación de Gobierno - Directora Revista Quórum

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *